Corporación de Estudios Sociales y Educación
Santiago de Chile, miércoles 17 de julio de 2019

Lanzamiento libro: «Ferias libres, «de Gabriel Salazar

Las ferias libres de hoy —esos espacios de comercio que semanalmente irrumpen ordenadamente en las calles de la ciudad— son también, como los rayados en los muros o las viviendas erigidas más allá de las políticas, gestos residuales de soberanía popular. Así las muestra Gabriel Salazar, y su mirada es también un gesto subversivo. Después de leer su texto, si uno recorre la ciudad, empieza a ver que los personajes que antes aparecían como aisladas anécdotas, son en verdad muchedumbre articulada. Una muchedumbre cuyas huellas se pueden encontrar no sólo en veredas, esquinas y explanadas, sino en la historia misma de la ciudad capitalista occidental. He visto en internet, por ejemplo, que las ferias libres, con el mismo nombre, no sólo existen en muchos países de América latina, sino que se puede seguir sus rastros en los decretos reales de las ferias de las ciudades españolas y, en las cercanías del siglo doce, por los mercados libres de las ciudades de Europa central. Todo esto se agolpa en los ojos cuando uno mira, ya no sólo a los feriantes, sino a vendedores ambulantes, cuidadores de autos, malabaristas en los semáforos, cantantes de micro, actores callejeros, fotógrafos de plaza, vendedores de superocho, limpiadores de parabrisas, cartoneros, los últimos organilleros y chinchineros que van quedando, las estatuas vivas y los músicos en las esquinas, siempre ahí, arreglándose la vida en los márgenes de la economía de la ciudad. Lo que vemos en esa muchedumbre es un proyecto de supervivencia popular que necesita de la ciudad, y que se apropia de lugares de ellas. En palabras de Salazar, no es “la soberanía en sí, ni la razón política o histórica en sí la que lleva a los ‘regatones’ a inundar como una avalancha el espacio público y las bases del gran comercio global, sino, simplemente, la pobreza. Pero no la pobreza como conjunto de carencias, déficit y necesidades, sino como permanente iniciativa social creadora y soberanía residual potenciada al máximo”. Llegamos, así, al punto central del argumento de Salazar: lo importante que es, para los pobres, el espacio público (lo público) de la ciudad. Weber, en The City, cuenta que al final del medievo, en Europa central comenzó a aparecer en las puertas de las ciudades un letrero que decía: “El aire de la ciudad te hace libre”. Salazar dice: “…‘la pobreza’ fue capaz de generar su propio espacio público, el cual, al menos en lo que se refiere al comercio de los elementos básicos y mínimos para la subsistencia cotidiana, controló soberanamente ella misma, tanto en terreno propio como en territorio ajeno”. Controlar una parte del espacio público, sin embargo, no es un regalo. Como hace ver Salcedo,* el espacio público en la ciudad es un terreno siempre en disputa. No hay un espacio público “mítico”, sino lugares de cuyo uso se apropian algunos actores sociales, expropiando a otros. Pero mientras unos controlan, otros compiten por ese control, o lo resisten. De esto trata la historia del comercio ‘regatón’ en la ciudad de Santiago. Como dice Salazar, es “una guerrilla cívica que el comercio informal ha mantenido por siglos con el sistema central”, a lo largo de más de trescientos años, en una lógica de poder que cíclicamente transita entre la aceptación y represión del otro. Mirando este libro desde la discusión que Salcedo hace del espacio público, nos encontramos con un relato entre la microfísica del poder (Foucault) y la microfísica de la resistencia (De Certau). Nunca la autoridad ha cejado en sus intentos de vigilar y castigar, normar y cercar al comercio informal; y éste nunca ha dejado de resistir e insistir, “alterando alterando los sentidos y usos espaciales”. Lo hace “sin constituir discursos totalizantes” (como diría Salcedo), o (como dice Salazar) “sin proyección política ni revolucionaria”, pero como residuo de soberanía popular que quizá constituye “la matriz vital de los nuevos movimientos sociales”. Quizá, entonces, el gesto con que el vendedor callejero despliega cada día en la vereda el paño sobre el cual coloca sus mercancías, subvierte en muchos sentidos el orden que lo expulsa. Día tras día regresa, está ahí y vuelve a estar, en el margen de la economía urbana. Hay algo en él de Fast Eddie, el buscavidas, una vez más ante la mesa de pool: “¡Estoy de vuelta!”



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