Corporación de Estudios Sociales y Educación
Santiago de Chile, martes 19 de marzo de 2019

La Nación: No más femicidios urbanos


Un grupo de doce arquitectas decidió unirse y formar una agrupación para observar el espacio de otra manera. Lo que ven no les gusta y lo quieren cambiar: una ciudad violenta, en constante disputa. Aseguran que falta ojo femenino, inclusivo, acogedor. Por eso levantan la voz.






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María Luisa Motesinos Montalva es la primera arquitecta chilena y de Latinoamérica. Diseñó el Liceo Carmela Carvajal, en Providencia, se desempeñó 50 años en el poder público, donde su creatividad dejó huellas al proyectar varios edificios. Murió este año, pocos recuerdan en qué fecha exacta, pero sí se sabe que a los 96 años.


“¡Nadie la conoce!”, reclama Viviana Teuche, también arquitecta de esa universidad, quien junto a tres colegas explica que por motivos como éste surgió la idea de formar el primer colectivo de arquitectas de Chile, Otra Mirada.


Son doce convocantes que esperan que esta experiencia se traslade a otras ciudades y que la organización crezca. “Tenemos la sensación de que la disciplina ha sido tradicionalmente masculina. Las grandes obras de arquitectura y los concursos tienen nombres de hombres. Lo que no significa que no existan arquitectas que hayan hecho cosas importantes”, explica Marisol Saborido.


La inclusión para ellas es importante, por eso invitan no sólo a sus pares de género, si no también a los hombres que ejercen la profesión. Dicen que formar el colectivo es una opción política para alzar la voz. “No es que haya una mirada de hombres y otra de mujeres, cualquiera puede tener esa mirada distinta, inclusiva de la ciudad, pero creemos necesario alzar la voz”, dice Pelagia Rodríguez, otra de las fundadoras.


El llamado es a mirar la ciudad con ojos de mujer, no para diseñar espacios sólo para ellas, pero sí para hacer una ciudad más inclusiva y amable. “Con las transformaciones, la mujer está en distintos ámbitos, pero esto no trasciende al espacio, que se sigue pensando desde una lógica masculina”, continúa Saborido.


Rodríguez enumera ejemplos de una ciudad agresiva, grandilocuente y un poco machista. “Lo que fue el Altar de la Patria fue una obra absolutamente autoritaria, que no se le consultó a nadie. En un lugar que había sido concebido para las manifestaciones ciudadanas llegó y se instaló una tumba colosal. En General Velásquez con Alameda hay un tótem gigante, con una visión absolutamente monumental… muy semejante a lo que ocurrió con el edificio Diego Portales, diseñado para integrar dos parques, donde lo primero que hicieron fue enrejarlo. Eso es lo que no queremos seguir repitiendo”, dice la arquitecta.


Una ciudad violenta


Pero el asunto va mucho más allá y afecta la vida diaria de las mujeres. Las arquitectas indican que esta ciudad no sólo no es inclusiva, si no que, además, es hasta violenta con su género.


“Se suele hablar de la violencia en los hogares hacia al mujer, pero hay un continuo que trasciende al espacio público. La ciudad expresa esa violencia de mucha formas ¿Te damos ejemplos? Acoso en el transporte urbano. La imposibilidad de las mujeres de transitar a ciertas horas por la ciudad”, enumera Pelagia.


“Tenemos una ciudad ultra moderna y equipada con estándar de calidad urbana superior, que es gozada por la minoría de los habitantes. Hay otra ciudad que no queremos ver: precaria, con falta de acceso, sin locomoción, sin paraderos, sin iluminación ni áreas verdes, que no acoge. Eso es violencia”.


También sindican como violencia la forma en que se destruye el patrimonio arquitectónico en manos de las implacables inmobiliarias, que buscan un terruño donde levantar modernos edificios. “No hay cuidado con nuestra historia…Gana el mercado”, sentencia Saborido.



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